Acaso, ¿se podría tildar a los valencianos de “descolorits e invertebrats”, como escribía un gran pensador valenciano? Pienso que el problema es que no conocemos, valoramos y luchamos por las vertebras que nos constituyen, que evidentemente las poseemos, porque nuestra conciencia histórica sigue siendo endeble y cobarde. Y, mientras, como pueblo, no valoricemos y recuperemos, en vez de destruirlo o dejarlo desaparecer, nuestro patrimonio histórico, que constituye nuestras verdaderas vertebras históricas a partir de las cuales podemos ser conscientes de nuestras características o cromatismos culturales, no podremos elegir con auténtica libertad, ni avanzar hacia una sociedad en la que la democracia, la solidaridad y el diálogo vayan de la mano.

La portada tardorrománica de la iglesia de El Puig de Santa María es, posiblemente, la primera que se construyó en el recién conquistado reino de Valencia. De hecho, al realizar la donación de este templo a los mercedarios, el 26 de julio de 1240, Jaime I afirma que les concede “aquella iglesia de El Puig de Enesa, o de Cebolla, que se llama Santa María, con todo aquel altozano en el que está situada” (Huici, Colección diplomática, núm. 216). Es decir, que el templo y su portada de transición con sus capiteles historiados debieron construirse y cincelarse entre 1238 y 1240.
Por tanto, lo realmente excepcional es que en esta pétrea entrada medieval hallamos el primer belén del reino cristiano de Valencia. Pues, de las diez escenas que describen sus capiteles, situándonos frente a la portada, las cinco que se encuentran a nuestra siniestra representan, de izquierda a derecha, la Anunciación, el Nacimiento de Jesús en Belén, la Adoración de los Reyes, la Huida a Egipto y la Degollación de los Inocentes. Todas ellas pueden estar incluidas en los belenes tradicionales, pero, sobre todo, dos no pueden faltar: el Portal de Belén y la Adoración de los Magos de Oriente.

En este primigenio belén de piedra, labrado por los primeros artistas que llegaron con Jaime I, fue donde los nuevos pobladores y los valencianos medievales contemplaron el capitel que representa a la Virgen con el Niño Jesús, a san José de pie con su cayado y, a su lado, el pesebre con el buey. En el capitel contiguo, de la derecha, admiramos a la Virgen María con su Hijo en brazos, y a dos reyes, muy deteriorados, adorando al Salvador. Pero lo curioso de este capitel es que el escultor ha representado y copiado el altorrelieve de la Virgen de El Puig, que fue hallada por agosto de 1237 y que, desde entonces, se venera en el altar de la iglesia. Y lo hace de manera tan fidedigna que esculpe al Niño a la izquierda de la Madre. Con tanto detalle que distinguimos, perfectamente, los pliegues del manto de la Virgen. Consiguiendo, como en el original, que Hijo y Madre formen una composición triangular, tierna y amorosa.
Este primer belén valenciano, debe ser admirado por los valencianos del siglo XXI, pues como en una carrera de relevos a lo largo de 800 años, generación tras generación, ha llegado hasta nosotros, mostrándonos que la religión es uno de los motores, de los a priori socio-culturales, con los que nació el reino de Valencia, y que, nos guste o no, lo impulsó hasta la actualidad. Constituyendo uno de los rasgos más profundos de nuestra personalidad histórica.

Hoy, nuestra reflexión histórico-ética, desde la conciencia histórica, debe situarse a la altura de los tiempos y, admirando la figura de Jesús, y su tolerancia, representada en los capiteles de El Puig de Santa María, admitir que cualquier valenciano y valenciana puede creer en la religión que sienta, creer en la no existencia de Dios, o pensar que no puede emitir un juicio a favor o en contra. Lo que no podrá es afirmar que solamente una de estas posibilidades es la “verdadera”, negando las demás, porque, entonces, habremos convertido la creencia en ciencia y la democracia en tiranía y dogmatismo.


