València vivió este domingo una de esas tardes que quedan grabadas en la memoria colectiva. La Sala Iturbi del Palau de la Música acogió el estreno absoluto de la II Sinfonía al Cant d’Estil, un proyecto monumental que llevó por primera vez este lenguaje tradicional valenciano al formato de banda sinfónica con rondalla, fusionando la potencia orquestal con la raíz popular de guitarras, bandurrias, laúdes y guitarró. El resultado fue un estallido de identidad, emoción y excelencia musical.
Y en el centro de esa emoción, tres nombres propios brillaron con fuerza: Iván Luis, Raúl Luis y Emilio Luis, representantes de El Puig de Santa Maria, que vivieron una noche irrepetible sobre uno de los escenarios más prestigiosos del país.
Un escenario imponente para una tradición viva
La obra, dirigida por José Onofre Díez Monzó e interpretada por la Agrupación Musical L’Amistat de Quart de Poblet, reunió a cerca de 80 músicos. La banda, reconocida por su trayectoria y por su reciente victoria en un certamen interpretando València Verda de Andrés Valero, volvió a demostrar por qué es una de las formaciones más respetadas del panorama valenciano.
El Palau, lleno hasta la última butaca, recibió la sinfonía como un acontecimiento cultural de primer orden. No era para menos: se trataba de un estreno histórico que buscaba elevar el cant d’estil a una dimensión sinfónica sin precedentes.

Iván Luis, Versaor de El Puig: la emoción de un oficio ancestral
Uno de los momentos más intensos de la noche lo protagonizó el versaor Iván Luis, cuya labor —a diferencia de los cantaors— no es cantar, sino versar al oído del intérprete, guiándole en tiempo real, marcando finales, entradas, estructura y sentido poético. Es una figura esencial del cant d’estil, invisible para el público pero decisiva para el cantaor.
“Como versaor ha sido una experiencia inolvidable, llena de emoción y expectación”, confesaba tras el concierto. Acostumbrado a trabajar “a pie de calle”, viendo las caras del público a pocos metros, trasladar esa intimidad a un escenario sinfónico fue, asegura, “indescriptible”.
La emoción se multiplicó al compartir escenario con dos figuras muy especiales: su compañero Raúl Luis y su tío Emilio Luis, ambos cantaors de El Puig. “Los tres somos familia: tot queda en casa”, decía Iván, consciente de la carga simbólica del momento.
Y también del peso artístico: “Hacer versos para Raúl, Emilio, Victoria Sousa, Amparo Peiró o Paqui Gijón… impone. La responsabilidad es enorme y el verso debe estar a la altura”.
Raúl Luis y Emilio Luis: dos voces de El Puig que emocionaron al Palau
Si Iván fue la palabra, Raúl y Emilio Luis fueron la voz. Ambos, cantaors de El Puig, aportaron al concierto la autenticidad y la fuerza expresiva que solo quienes han mamado esta tradición desde pequeños pueden transmitir.
Raúl, con su timbre firme y elegante, supo adaptarse al nuevo entorno sinfónico sin perder la esencia del cant d’estil. Su interpretación en los movimientos más rítmicos y en los pasajes de improvisación fue uno de los momentos más celebrados de la noche.
Emilio, por su parte, aportó la experiencia, la serenidad y la profundidad emocional que lo caracterizan. Su voz, reconocible y respetada en el mundo del cant d’estil, llenó la Sala Iturbi con una naturalidad que solo poseen los grandes.
La complicidad entre los tres —verso, voz y tradición compartida— se convirtió en uno de los símbolos de la velada.

Una obra monumental que eleva el Cant d’Estil a la categoría de gran sinfonía
La composición, firmada por Pau Cháfer, es ya considerada una obra mayor dentro de la música valenciana contemporánea. No solo por su ambición, sino por su capacidad para respetar la esencia del cant d’estil y, al mismo tiempo, proyectarlo hacia un nuevo espacio sonoro.
La sinfonía está estructurada en cinco movimientos, cada uno con una identidad propia y un tratamiento musical de enorme riqueza:
El primer movimiento, dedicado a la Alacantina y la Riberenca, despliega un equilibrio perfecto entre lirismo y vitalidad rítmica, abriendo la obra con una energía que conecta tradición y modernidad.
El segundo movimiento se centra en el Estilo U, que culmina con la improvisación del cantaor sobre la rondalla, evocando la raíz más ancestral del cant d’estil y su esencia improvisada.
El tercero, correspondiente al U y doce, desarrolla variaciones en modo menor que desembocan en una coda luminosa en modo mayor interpretada por una voz femenina, creando un contraste emocional de gran belleza.
El cuarto movimiento, dedicado al U y dos, destaca por el protagonismo de la rondalla y por sus características variaciones de estribillo, que aportan dinamismo y profundidad.
El quinto y último movimiento retoma el Estilo U, esta vez en voz femenina, y culmina con un trabajo contrapuntístico de enorme riqueza sobre melodías tradicionales, cerrando la obra con una fuerza expresiva extraordinaria.
Una obra magistral: creatividad, técnica y valencianía
El director José Onofre Díez quiso destacar la magnitud artística de la composición: “La obra, estructurada en cinco movimientos basados en temas valencianos, no cae en la simplicidad escuchada en otras obras. El compositor hace un tratamiento sumamente creativo que la hace única: el contrapunto oportuno, las modulaciones sorprendentes, la instrumentación y todos los recursos compositivos que utiliza le dan categoría de gran obra de concierto. Es una explosión de luz, de colores y de frescura que es genética para los valencianos”.
También expresó su agradecimiento personal: “Mi agradecimiento a todos los participantes, en especial a Iván, el versador que me iba indicando los finales, ya que para mí dirigir cant d’estil era totalmente novedoso. He quedado encantado por lo artístico y por lo personal: la germanor flotaba en el ambiente. Y reitero mi admiración por la obra y mi felicitación a Pau Cháfer, este hombre es todo música”.
Un proyecto nacido del corazón de la cultura valenciana
La sinfonía no existiría sin la visión de Manolo Marçal, presidente de la Asociación de Cant Valencià, heredero de una estirpe legendaria —los Xiquets de Mislata— y motor incansable de la preservación del cant d’estil.
Fue él quien llamó a Iván Luis con una frase que ya forma parte de la intrahistoria del proyecto: “Xe, Iván… vull que sigues tu el versaor”.
La obra, explica Iván, nace de “corazones y almas puras valencianas”, con un objetivo claro: que el cant d’estil perdure, se eleve y llegue a nuevos públicos sin perder su esencia.
“Cuando escuché los primeros compases se me puso la piel de gallina. Esto es mel de la terreta, es el socarrat de la paella hecha a leña de naranjo”, recuerda Iván.
La voz que sostiene lo que nos define como pueblo
La II Sinfonía al Cant d’Estil no fue únicamente un concierto, ni siquiera un estreno histórico. Fue algo más profundo: un recordatorio de quiénes somos. Porque el cant d’estil no es solo música; es memoria viva, es lengua que resiste, es pueblo que se reconoce en su propia voz.
En cada verso susurrado al oído del cantaor, en cada nota que la rondalla hiló con la banda, en cada respiración compartida sobre el escenario, se escuchaba algo más que arte: se escuchaba la herencia de generaciones enteras, la dignidad de una tradición que nunca se ha rendido, la fuerza de una cultura que sigue latiendo porque su gente la mantiene en pie.
Son las personas —los versaors, los cantaors, los músicos, los compositores, los que enseñan, los que organizan, los que escuchan— quienes sostienen este legado. Ellos son los guardianes de lo que nos define como pueblo: la capacidad de convertir la vida en canto, la palabra en emoción, la raíz en futuro.
Lo que ocurrió en el Palau de la Música fue la prueba de que la cultura valenciana no solo está viva: está más viva que nunca. Y que mientras haya manos que toquen, voces que canten y corazones que sientan, el cant d’estil seguirá siendo nuestra manera más pura de decirle al mundo quiénes somos.
El Puig, con su talento, su humildad y su pasión, volvió a demostrarlo: cuando un pueblo cuida su cultura, su cultura lo hace eterno.

