Hay historias que no se buscan, pero que llegan para ponerlo todo del revés. Historias que parten de un día cualquiera, de una rutina aparentemente perfecta, y que de pronto se quiebran en un segundo. La de José Enrique Santos, vecino de El Puig hasta los 16 años y aún hoy profundamente ligado al municipio, es una de ellas. Atleta popular de nivel extraordinario, padre reciente, amante del deporte como forma de vida y miembro muy querido de grupos como Tridimonis y FS Playas El Puig, vio cómo todo se detenía el pasado 13 de enero, cuando un infarto fulminante lo dejó tendido en el suelo de su casa mientras su hija, de apenas dieciséis meses, lo miraba sin comprender.
Desde entonces, su vida es una mezcla de supervivencia, incertidumbre médica, resiliencia y una honestidad brutal que desarma. No habla desde la épica, sino desde la verdad. Desde el miedo. Desde la fragilidad de quien ha visto de cerca la frontera y aún intenta entender por qué. Y, aun así, en cada frase aparece también la fuerza de un hombre que se niega a rendirse, que sigue buscando respuestas y que ha decidido contar su historia para que otros no tengan que vivirla en silencio.
Esta es la conversación más sincera que ha mantenido desde aquel día. Una entrevista que no solo habla de un corazón que falló, sino de todo lo que late alrededor: la familia, el deporte, la identidad, la vulnerabilidad y la vida que, pese a todo, insiste en continuar.
1. ¿Cómo era tu vida antes del infarto?
Para mí era perfecta y, en cierto modo, fácil y llevadera. Siempre he corrido y practicado deportes como triatlón, fútbol, gimnasio… y me consideraba un deportista con cierto nivel (2h30’30’’ en maratón, 1h10’58’’ en media, 49’55’’ en 15 km y 1 km en 2’37’’). En mi vida había tres pilares: deporte, trabajo y familia. Conocí a mi mujer en una carrera, nos prometimos al final de un medio Ironman, y siempre he dicho que ser padre es algo muy fácil cuando es deseado: te une más a tu pareja. En nuestro caso era así. Los dos somos muy deportistas y los domingos por la mañana nos sentábamos a planificar la semana deportiva. Ambos corríamos y hacíamos Hyrox, turnándonos para entrenar. Yo estaba volviendo de una lesión que me duró tres años y, por fin, todo iba bien: llevaba diez meses corriendo con regularidad, haciendo entre 100 y 110 km semanales más tres clases de Hyrox. Suena mucho, pero en plena forma he llegado a hacer 170 km a la semana, siempre con entrenamientos controlados y supervisados.

2. ¿Cuándo empezaste a notar que algo no iba bien?
Empecé a notarlo un mes antes, aunque fue algo puntual. Tenía un entrenamiento de 3×2000 m y sentí una presión muy fuerte en la boca del estómago. Bajé el ritmo y lo achaqué al cansancio. La semana previa al infarto sí que iba todos los días un poco asfixiado. Pensaba que había cogido una neumonía o pulmonía, porque suelo correr temprano, a las 5 de la mañana, y en tirantes incluso en invierno: el frío me gusta y me sienta bien. El infarto fue un martes por la mañana. El miércoles anterior, haciendo series, noté la misma presión. Tenía 8×1000 y solo hice cinco. Antes habría terminado todas, pero tras aquella lesión aprendí a entrenar para disfrutar. El sábado quería hacer 10 km controlados a 3:20 y, al llevar 2 km, apareció otra vez la presión; en el km 4 se me fue, pero decidí hacer solo 5 km a 3:18 para no forzar. El domingo fue bien: 24 km a 3:55. El lunes hice 16 km suaves y luego una clase de Hyrox. En mitad de la clase casi me voy al suelo del agotamiento, pero terminé el WOD y me fui a trabajar. Esa tarde ya tenía presión en el pecho y el cuello; me fui antes del trabajo y al llegar a casa se me pasó… hasta la mañana siguiente.
3. ¿Cómo describirías el dolor y qué recuerdas del instante del infarto?
Mucha gente me pregunta lo mismo por miedo, y siempre digo lo mismo: si os da un ataque al corazón —ojalá no— lo sabréis. Es muy doloroso. Mi mujer estaba entrando en casa y yo estaba solo con mi hija. Me despertó el dolor, algo inhumano. Me levanté, caminé, llamé a mi mujer y al 112… y no sé cómo, pero me desmayé. Me desperté en el suelo y mi hija estaba apoyada en la barandilla de la cama mirándome. Me levanté y la empujé hacia el fondo de la cama para que no se cayera, hasta que llegó Sara y los equipos sanitarios… por llamarlos de algún modo.

4. ¿Qué pasa por la cabeza cuando sientes que puedes morir con 36 años?
Lo primero fue tristeza. Mi padre murió cuando yo era un niño y no tengo recuerdos de él. Envidio a quienes sí los tienen. Sentí que a mi hija le iba a pasar lo mismo conmigo. Me abracé a ella mientras daba puñetazos a la pared. Cuando por fin llegaron las asistencias —29 minutos después— se negaron a subir. Sin haberme hecho un reconocimiento, con el infarto y el golpe, me fui dejando caer por las escaleras. Iba en calzoncillos y me sugirieron que subiera a vestirme. Mi mujer les gritó que me estaba dando un infarto. Ella me bajó un albornoz y, con la niña en brazos, fue quien me ayudó a salir de casa y subir a la ambulancia (una furgoneta del equipo A). Nefasto. Estamos recopilando información para una denuncia. Me llevaron al PAC de Massamagrell. Con los pocos medios que tenían, me pusieron varias veces morfina y, cuando confirmaron que era un infarto, me derrumbé. Aún lloro al escribir esto. No tenían medios para tratar un infarto, pero se portaron muy bien conmigo y les estoy muy agradecido. Ellos, en un principio, me salvaron. Lo malo es que, desde que confirmaron el infarto y pidieron un SAMU hasta que llegó, pasó una hora. Los del SAMU, de diez. Pero si no llego a ser deportista, me muero esperando. Dos horas y quince minutos desde que llamé al 112 hasta que entré al hospital, estando a quince minutos de él. No entiendo cómo enviaron un soporte vital básico a una persona joven, sin antecedentes, con todos los síntomas de un infarto.
5. ¿Cómo viviste las primeras horas en el hospital?
Las primeras horas fueron, con perdón, una mierda. Llorar, llorar y llorar. Me estaba preparando una media maratón y me quedaban dos semanas (quería hacer 1h12’). Cuando no lloraba, se me iba la cabeza y me ponía a mirar zapatillas de correr para encontrar alguna oferta.
6. ¿Qué sentiste al ver que no encontraban la causa?
Sentí miedo. No la encontraron entonces y no la han encontrado aún. Y, por el tiempo que ha pasado, dudo mucho que la encuentren. Eso me genera un miedo constante.
7. ¿Cómo viviste los diagnósticos contradictorios y las insinuaciones sobre drogas?
Fue lo peor. En la UCI, durante seis días, me preguntaron unas ocho veces si consumía drogas, esteroides o algo similar. La primera vez dije que no, y pregunté por qué. Luego me lo explicaron. Un día entraron dos cardiólogos —un chico y una chica— y, al verme solo, me dijeron: “Mejor así, así nos dices la verdad… consumes cocaína, ¿verdad?”. Intenté contestar y me interrumpieron: “Dinos la verdad, la sabemos. Si mientes, te daremos medicación que será perjudicial con el consumo. Nadie se enterará y no constará en ningún lado”. Les repetí tres veces que no consumía. Se fueron. Pedí inmediatamente una prueba de drogas de ADN; me dijeron que no la hacían, pero sí de orina. Me la hicieron. Sin saber aún el resultado, al día siguiente me preguntaron si quería repetirla. Dije que me daba igual hacerme una, dos o cincuenta. Ese día subió el mismo cardiólogo a mi habitación y le dije que se fuera. Me habían hecho dos pruebas, cuyos resultados aún no sabía, pero no necesitaba saberlos. Lo eché de muy malas maneras. ¿Me arrepiento? Sí. ¿Se lo merecía? También. Porque en el momento más vulnerable de mi vida, que me acusaran de eso… muy feo. Luego me salió positivo un gen (20201A de la protrombina) y cardiología dijo que esa era la causa. Me quedé tranquilo. Hasta que fui a hematología y me aseguraron que era imposible que ese gen provocara un coágulo en una arteria. Me fío más de ellos. No confío en los cardiólogos del Clínico de Valencia. Cuatro meses después, seguimos igual.
8. ¿Qué te impulsó a contarlo en redes y cómo mantuviste el humor?
Lo hice por tranquilizar a la gente. Soy una persona conocida a nivel popular y algunos amigos se enteraron. Yo no quería hablar con nadie aún, pero corrió la voz. Quise tranquilizar más por ellos que por mí. Aun así, me hizo bien hablar. Y lo del humor… simplemente soy yo. Siempre he dicho que, el día que deje de hacer bromas, es que pasa algo. Aunque al rato vuelva a hundirme, mientras te ríes te evades un poco de la realidad.

9. ¿Qué reacción te ha sorprendido más?
La reacción que más me ha sorprendido ha sido la laboral. No puedo hablar más del tema, pero ha sido la mayor decepción de mi vida.
10. ¿Cómo te ha cambiado este infarto?
Con todo el respeto del mundo, ahora soy un abuelo. Tengo un día bueno cada diez o quince. El resto: fatiga, cansancio, mareos, náuseas, pulsaciones disparadas… una odisea.
11. ¿Qué significa para ti volver a hacer deporte?
Para mí sería volver a tener identidad. Volver a ser Josenry. Ahora tengo vida y sensaciones de jubilado, lo contrario a como soy yo. Ojalá algún día me “medio arreglen”. Incluso, si todo fuera bien, me gustaría montar un club deportivo enfocado al running para gente con mis problemas. Hablar con personas que están como tú ayuda mucho. A veces, cuando cuentas cómo estás, notas que te hablan con lástima o diferente a antes. En cambio, hablar con gente igual te hace normalizarlo y aceptarlo. Sería un gran aporte, sobre todo psicológico… y también a la gastronomía de la zona, con los almuerzos que haríamos.

12. ¿Cómo gestionas a quienes te dicen que no deberías volver a correr?
En España hay mucha incultura sobre el deporte. He escuchado de todo: que me pasó por correr tanto, que no debería volver a hacer deporte, que piense en mi familia… como si yo me quisiera morir. Eso es lo que peor llevo: tener que justificarme y explicarme. Esos debates me alteran, cuando antes me resbalaban. El deporte me salvó. Sin saber por qué se formó el coágulo, se fue al corazón igual que podría haberse ido al pulmón o a la cabeza. Me provocó un infarto en una de las tres arterias principales y era mortal. Según los médicos, era grave, grave, grave. Me salvó que tenía el corazón muy fuerte: la poca sangre que llegaba podía impulsarla y seguir latiendo. Una persona normal, tristemente, no lo cuenta. Y sobre la rehabilitación, cuando me dicen que estoy loco, les digo: “Anda, ¿eres cardiólogo y no lo sabía?”. No es que una persona con infarto pueda hacer deporte: es que debe hacerlo, con seguridad, pero debe.
13. ¿Cómo te imaginas el futuro?
No lo sé. Lo llevo mal. La rehabilitación en Valencia es prácticamente nula (una vez a la semana). En otras comunidades, como Galicia, son tres días: dos de rehabilitación física y uno psicológico grupal. Esa parte psicológica es otra enfermedad olvidada en procesos tan grandes y repentinos. Como no veo gran mejoría, estoy triste y negativo. Pero sigo esperando que todo se medio arregle, poder disfrutar de los míos y cumplir mi sueño: hacer un maratón al pulso que me dejen y abrazar a mi familia al cruzar la meta.
14. ¿A quién te gustaría agradecer?
Hay tantas personas que me gustaría agradecer que prefiero no nombrar a nadie para no dejar a nadie fuera. Pero, sobre todo, a mi mujer. Ella es mi pilar. Llevamos nueve años juntos y nos ha pasado de todo: nos costó tener familia, el proceso desgasta mucho, y en el parto ella también casi muere. A veces lo hablamos: nuestra hija podría estar huérfana de padre y madre. Por suerte estamos los tres. Diría a la gente que valore lo que tiene. A quienes no pueden tener hijos, que valoren a su pareja. Y a quienes pueden correr, que lo disfruten. El deporte es bueno, necesario y salva vidas. A mí me ha permitido ver crecer a mi hija, algo que no siempre tengo presente, pero es lo más importante.

Cuando la vida se rompe, también puede reconstruirse
Hay testimonios que no solo se leen: se sienten. El de José Enrique es uno de ellos. Su historia no es la de un atleta que sufrió un infarto, sino la de un hombre que se negó a rendirse incluso cuando el cuerpo dijo basta. La de un padre que, en el momento más oscuro, pensó únicamente en su hija. La de alguien que, pese al miedo, la incertidumbre y la falta de respuestas, ha decidido contarlo todo con una honestidad que desarma y un humor que, incluso en los días más duros, sigue siendo su manera de agarrarse a la vida.
Desde La Veu del Puig solo podemos agradecerle su cercanía, su valentía y su generosidad al abrirse en canal para que otros puedan entender, aprender o simplemente sentirse acompañados. Gracias, José Enrique, por no perder la sonrisa cuando más fácil habría sido esconderse. Gracias por tu claridad, por tu fuerza y por permitirnos entrar en una historia que, aunque marcada por el dolor, también está llena de luz.
Ojalá el futuro te devuelva todo lo que has dado: salud, estabilidad, calma y una vida plena junto a tu mujer, tu hija, tu familia y tus amigos. Te lo mereces. Y ojalá llegue ese día en el que cruces otra meta —al ritmo que toque, al pulso que toque— y puedas abrazar a los tuyos sabiendo que cada paso ha valido la pena.
Porque hay personas que corren maratones. Y hay personas que corren la vida. José Enrique pertenece a las dos.

