A las puertas del Domingo de Ramos, cuando el pueblo de El Puig comienza a prepararse para vivir la Semana Santa, conversamos con Don Melchor, sacerdote mercedario y párroco del Real Monasterio de Santa María de El Puig. Su vida está profundamente unida a este lugar: llegó siendo un adolescente, estudió aquí, participó en su restauración, fue profesor, párroco en Castellón y Valencia, y regresó en 2012 para continuar una misión que siente tan suya como la propia piedra del templo.
Con una memoria privilegiada y una cercanía que desarma, Don Melchor repasa su infancia, su vocación, la historia del monasterio y su visión de la fe en el mundo actual.
1. ¿Cómo recuerda su infancia en aquel pequeño pueblo de Navarra donde nació?
Crecí en un pueblo pequeño de Navarra, en una familia humilde y trabajadora. Mi padre era bodeguero y mi hermano también estuvo en la bodega. En casa siempre se vivió el esfuerzo y la responsabilidad. Aun así, desde que tengo uso de razón, yo siempre decía que quería ser sacerdote. Cuando venía un fraile a la escuela o a casa, yo me apuntaba enseguida. Era algo que llevaba dentro. Nunca pensé en otra cosa. Aunque vivía rodeado del mundo del vino, mi camino estaba claro desde niño.

2. Durante su formación religiosa, ¿cómo vivió la distancia con su familia?
Fue una etapa dura. No había internet, ni WhatsApp, ni nada. La vida religiosa de entonces era muy rígida: te marchabas de casa y parecía que ya no pertenecías del todo a tu familia. Un ejemplo claro es que mis dos hermanos se casaron en la misma celebración y no me dejaron ir. Hoy eso no se entiende, pero en aquel tiempo era así: obedecías lo que te mandaban, incluso cuando dolía. Y como digo muchas veces, en nombre de Dios se han hecho muchas barbaridades. Eran otros tiempos, otras mentalidades.
3. ¿Cómo fue su llegada al Monasterio de El Puig y qué se encontró?
Llegué con 16 años, en 1964. Aquí estudiábamos filosofía y teología porque era nuestra Facultad. Era un monasterio lleno de estudiantes, de vida, de oración y de trabajo. Para mí fue entrar en un mundo completamente nuevo.
Pero el monasterio estaba muy deteriorado. Había goteras por todas partes, tejados hundidos, vigas dañadas, escombros… El edificio había sido almacén de cebollas, gallinero, cuartel, escuela. Llevaba décadas sin una restauración seria. La gran rehabilitación empezó justo cuando yo llegué.
Y nosotros, los estudiantes, fuimos parte de esa restauración: nos dieron palas y carretillas, quitamos escombros, picamos paredes, retiramos yeso del siglo XVIII, subimos a andamios sin arneses. Fue un trabajo duro, pero emocionante. Ver cómo el monasterio renacía nos unió mucho.
4. ¿Cómo recuerda su etapa de formación y convivencia en el monasterio?
Fue una etapa intensa, austera y muy ilusionante. Éramos unos 40 estudiantes y convivíamos con la comunidad. Estudiábamos, rezábamos, trabajábamos. La vida era sencilla y exigente, pero muy formativa. Todo lo que viví entonces —el estudio, la oración, el trabajo manual, la convivencia diaria— me marcó profundamente y definió mi manera de entender la vocación.

5. Después de su formación, ¿qué papel tuvo la docencia en su vida?
Un papel enorme. Estudié Ciencias de la Educación para ser profesor en el seminario menor de Reus. Allí estuve 17 años dando clases de filosofía, literatura, latín, griego… La docencia me enseñó a acompañar, a escuchar y a comprender a los jóvenes. Fue una etapa preciosa.
6. ¿Cuándo regresó definitivamente a El Puig?
En 2012, después de nueve años en Castellón y doce en Valencia. Volver fue reencontrarme con un lugar que había cambiado mucho, pero cuya esencia seguía siendo la misma.
7. ¿Qué representa el monasterio para el pueblo de El Puig?
Es el hilo conductor del pueblo desde que existe. La gente conoce El Puig por su monasterio. Ha sido siempre el centro, la referencia espiritual y cultural. Y la devoción a la Virgen de El Puig ha estado siempre muy cuidada por los religiosos.
8. ¿Cómo describiría la relación del pueblo con la Virgen de El Puig?
Muy profunda. En casi todas las casas hay una imagen. En las calles hay mosaicos antiguos. Muchas mujeres se llaman María de El Puig. Incluso quienes no creen mucho en Dios sienten un vínculo especial con la Virgen. Es una devoción que atraviesa generaciones.

9. ¿Cómo vive el pueblo la Semana Santa?
La Semana Santa aquí no es la fiesta más multitudinaria, pero tiene momentos muy bonitos. El Domingo de Ramos es especialmente vistoso: es el día más multigeneracional del año. Se juntan niños, jóvenes, matrimonios, mayores… es una fiesta muy bonita para comenzar la Semana Santa.
10. ¿Por qué no existe una cofradía fuerte de Semana Santa en el Puig?
Porque la antigua cofradía del Santo Entierro desapareció cuando fallecieron sus miembros. Sin una cofradía que sostenga los actos, algunas tradiciones se han ido perdiendo. En otros pueblos se mantiene porque hay cofradías detrás que empujan.
11. ¿Qué personas han sido referentes para usted?
Mis principales referentes fueron los religiosos que me formaron. Me marcaron su forma de ser y de vivir. Y luego, en las parroquias, he conocido a personas muy sencillas que, con su alegría, su saludo, su cercanía, vivían el Evangelio como una segunda naturaleza. También he acompañado a personas que, al morir, me decían: “Padre, me muero, pero no se preocupe. Nos veremos con Dios”. Eso te llega al corazón.

12. ¿Qué momentos han sido especialmente duros y cuáles especialmente felices?
Los momentos más duros han sido las despedidas. Acompañar a los enfermos y a quienes están a punto de morir es duro, pero también es un acto de fe. Ver cómo viven ese momento con esperanza te marca profundamente.
Y entre los momentos felices, recuerdo especialmente las celebraciones de la Mare de Déu durante la pandemia, cuando reunimos a más de 600 personas al aire libre. Fue un momento muy emocionante. También guardo con cariño mi profesión solemne en la capilla, el día de San José.
13. ¿Qué hubiera sido de usted si no hubiera sido sacerdote?
Probablemente bodeguero, como mi padre y mi hermano. Pero desde pequeño decía que quería ser sacerdote. Siempre me apuntaba a todo lo que tuviera que ver con la Iglesia. Era algo que llevaba dentro.
14. ¿Cómo consigue conectar tanto con la gente de El Puig?
No lo sé… quizá porque soy así. Intento vivir la fe con alegría, sin caras largas. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Creo que Dios nos quiere vivos, alegres, humanos. Intento predicar desde la cercanía, desde la vida real. Y creo que la gente lo agradece.
15. ¿Qué mensaje quiere enviar al pueblo del Puig ante la llegada de la Semana Santa?
Que vivan estos días con alegría y profundidad. Que no vivan la fe con cara de Viernes Santo. Dios quiere que estemos contentos. Que la Virgen de El Puig siga siendo guía y protección para todos.

La cercanía y humanidad de Don Melchor, un legado que ya forma parte de El Puig
A dos días del Domingo de Ramos, las palabras de Don Melchor nos devuelven a lo esencial: la fe vivida con alegría, la cercanía sincera, la humanidad que acompaña, consuela y une. El Real Monasterio de Santa María de El Puig no es solo un monumento; es un hogar espiritual que ha acompañado al pueblo durante siglos. Pero sería imposible negar que, en las últimas décadas, ese hogar ha tenido un rostro muy concreto: el suyo.
Resulta difícil imaginar el monasterio sin la figura de Don Melchor. Él, entre risas, insiste en que cuando él no esté “todo seguirá igual”, que la Orden lleva más de 800 años y que él es solo un punto más en esa historia. Pero los puxeros sabemos que no es así. Sabemos que Don Melchor ha dejado huella. Que ya forma parte del patrimonio espiritual —y humano— del municipio.
Porque Don Melchor no solo ha sido párroco: ha sido una persona sencilla, amable, cercana, campechana, alguien que ha sabido explicar el Evangelio con palabras que todos entienden, que ha hecho de cada homilía un momento ameno, lleno de vida, de sentido y de humanidad. Ha acompañado en los momentos duros, ha celebrado los felices, ha estado en las calles, en las casas, en las familias. Ha sido maestro, guía, confidente y amigo.
Por encima de las cuestiones religiosas, Don Melchor es —y seguirá siendo— una persona profundamente humana, alguien que ha sabido transmitir que la fe no es un peso, sino una alegría; que Dios no quiere caras largas, sino corazones vivos; que la gloria de Dios, como él mismo recuerda, “es que el hombre viva”.
Por todo ello, y porque el pueblo de El Puig sabe reconocer a quienes lo han marcado, hoy solo podemos darle las gracias. Gracias por su vida entregada. Gracias por su cercanía. Gracias por su alegría. Gracias por su humanidad.
Y que esta Semana Santa, que ya llama a nuestras puertas, sea también un homenaje silencioso a su labor, a su presencia y a todo lo que representa para este pueblo.


