Ramón Carliste ha culminado este sábado uno de los retos personales más exigentes y emocionantes de su vida: recorrer a pie, en solitario, los más de 1.170 kilómetros que separan El Puig de Santiago de Compostela. Un viaje de 35 días que él mismo describe como “35 días increíbles, como si fueran 35 años”, marcado por el esfuerzo, la superación y una profunda carga emocional.
El vecino de El Puig inició esta aventura dentro del proyecto “El Puig fent camí”, con el que ha llevado el nombre del municipio por toda España, atravesando pueblos, montañas y caminos históricos hasta alcanzar la Praza do Obradoiro.

Una llegada cargada de emoción
A primera hora de la mañana de este domingo, Ramón dejó su mochila en el albergue, ya que no está permitido acceder con ella a la catedral, antes de dirigirse a la misa del peregrino de las 12 h. Para él, este acto simbolizaba el cierre espiritual de un viaje que le ha marcado profundamente.
Horas después, ya frente a la catedral, la emoción lo desbordó. “Ha sido muy emocionante, no podía dejar de llorar porque no creía que podría hacerlo… y sí que he podido. El camino ha sido una lección de vida. Siempre adelante, luchando y conseguirlo”, relataba con lágrimas en los ojos.
A estas palabras, Ramón quiso añadir un mensaje de agradecimiento a todos los vecinos de El Puig que lo han acompañado, aunque fuera en la distancia, durante estas 35 jornadas. “He sentido vuestro cariño cada día. Gracias a todos los que me habéis enviado mensajes, vídeos y palabras de ánimo. No os imagináis la fuerza que me daban cuando las fuerzas fallaban”, expresó emocionado.
También tuvo un reconocimiento especial para La Veu del Puig, medio desde el que hemos seguido su aventura desde el primer día. “Gracias por dar difusión a todo lo que pasa en nuestro pueblo y por dar voz a los vecinos. Me he sentido arropado en cada etapa gracias a vosotros”, afirmó.

Un gesto simbólico desde El Puig hasta el Monte do Gozo
En la etapa final, Ramón protagonizó uno de los momentos más especiales de su travesía. Durante todo el camino había llevado en su mochila cuatro piedras procedentes de las cuatro montañas emblemáticas de El Puig: la Montaña de la Patà, el Cabeçolet, el Piló y Santa Bàrbara. Cada una marcada con un dibujo del lugar de origen.
Aprovechando una mejora del tiempo, decidió depositarlas en el Monte do Gozo, el punto donde los peregrinos ven por primera vez las torres de la catedral. Un gesto cargado de simbolismo, unión con su tierra y agradecimiento por el camino recorrido.
Tal como fue compartiendo en redes sociales y como hemos ido difundiendo en La Veu del Puig, Ramón completó un itinerario de 40 etapas pasando por localidades como Soneja, Sarrión, Cella, Soria, Burgos, León, Ponferrada o O Cebreiro antes de alcanzar Santiago de Compostela. Su aventura ha sido seguida con atención desde El Puig, donde numerosos vecinos han mostrado su apoyo diario.

Un ejemplo de superación que lleva el nombre de El Puig hasta el fin del Camino
La llegada de Ramón Carliste a Santiago de Compostela no es solo el final de un viaje físico, sino la culminación de un desafío que ha puesto a prueba su resistencia, su carácter y su capacidad de superación. Durante 35 días, Ramón ha caminado bajo la lluvia, ha soportado el viento, ha avanzado entre la nieve y ha seguido adelante incluso cuando una lesión en la pierna amenazaba con frenar su sueño. Ninguna adversidad pudo con su determinación.
Cada jornada fue un ejercicio de fortaleza mental. Cada amanecer, un recordatorio de que los retos más grandes se conquistan paso a paso. Cada kilómetro recorrido, una prueba más de que la voluntad humana puede romper cualquier límite. Ramón lo ha demostrado con una fuerza admirable, con una constancia que ha emocionado a quienes han seguido su aventura desde El Puig y desde tantos otros lugares.
Su gesto de llevar consigo piedras de las montañas del municipio y depositarlas en el Monte do Gozo simboliza mejor que nada lo que ha significado este viaje: un puente entre su tierra y su meta, un homenaje a sus raíces y un acto de gratitud hacia el camino que lo ha transformado. Ha llevado El Puig en su mochila, en su corazón y en cada paso.
Su llegada a la Praza do Obradoiro es también un orgullo colectivo. Ramón ha representado a El Puig con humildad, con valentía y con una humanidad que trasciende el deporte y la aventura. Ha demostrado que los sueños se cumplen cuando se persiguen con convicción, incluso cuando el tiempo es adverso, el cuerpo duele o el ánimo flaquea.
Enhorabuena, Ramón, por este logro extraordinario. Gracias por llevar el nombre de El Puig por toda España, por inspirar a tantos vecinos y por recordarnos que, con esfuerzo y corazón, no hay meta imposible.
Sempre avant amic!


