Han pasado ya algunos meses desde que ANAVI bajó la persiana, y ahora, con la distancia justa y el corazón en calma, sentimos que es el momento de compartir estas palabras. No escribimos desde la nostalgia, sino desde la gratitud. Desde la alegría de haber vivido una etapa preciosa que marcó nuestras vidas y, esperamos, también un pedacito de la vuestra.
ANAVI nació de una idea sencilla, casi impulsiva. Una noche cualquiera, paseando por la avenida, vi un local vacío y pensé: “¿Y si aquí montamos una casa de comidas para llevar?”
No había grandes planes, ni estudios de cocina, ni experiencia empresarial. Solo ilusión, ganas de trabajar y una amiga que me dijo: “Yo te ayudo”. Con más corazón que técnica, con más esfuerzo que certezas, levantamos la persiana de aquella pequeña casa de comidas que, sin saberlo, estaba destinada a convertirse en parte de la vida del pueblo.
Nunca imaginé que aquella decisión improvisada acabaría marcando la historia de toda mi familia durante casi 25 años.
Si cierro los ojos y pienso en ANAVI, lo primero que me viene a la mente son las paellas. Mi especialidad. Mi orgullo. Mi forma de querer.
Cada paella llevaba un pedacito de mí: el sofrito hecho con paciencia, el aroma del caldo, el punto exacto del arroz… Y mientras cocinaba, pensaba en todas las familias que se reunirían alrededor de una mesa con una de nuestras paellas en el centro. Ese pensamiento siempre me emocionó.
Dar de comer es una forma de cuidar. Y durante casi 25 años, tuve el privilegio de hacerlo para todo un pueblo.
Con el tiempo, sentí que mi etapa al frente del negocio había terminado. Me retiré con la tranquilidad de saber que ANAVI quedaba en las mejores manos posibles: las de mis hijos, Vicente y Ana.
Vicente, desde muy joven, se volcó en el negocio familiar con dedicación, constancia y un amor enorme por la cocina. Mi hija Ana se incorporó más adelante, aportando frescura, ideas nuevas y muchas ganas de ayudar. Entre los dos hicieron que ANAVI siguiera creciendo, evolucionando y manteniendo siempre su esencia.
Verlos trabajar juntos, verlos sacar adelante el negocio, verlos convertirlo en su proyecto… ha sido uno de los mayores orgullos de mi vida.
Once años después de abrir la casa de comidas, en 2012, mis hijos dieron un paso valiente: abrieron el restaurante. Lo que iba a ser un comedor sencillo terminó convirtiéndose en un gastrobar moderno, cuidado y lleno de vida.
Llegamos a ser 17 personas trabajando, y cada una dejó su huella en esta historia. Hubo días de muchísimo trabajo, de preparar menús de Navidad sin descanso, de no parar ni un segundo. Y también hubo días más tranquilos, de conversaciones, de risas, de complicidad con los clientes de siempre.
Si algo nos llena de orgullo es haber podido dar de comer a tantas familias y, al mismo tiempo, dar trabajo a tantas personas. Ese ha sido uno de los mayores regalos de esta aventura.
ANAVI cerró cuando tenía que cerrar. Con todo en orden. Con todo pagado. Con la conciencia tranquila y el corazón lleno.
Fue una etapa preciosa, y como todas las etapas bonitas, llega un momento en el que simplemente se completa. Sin tristeza. Con serenidad. Con la satisfacción del deber cumplido.
Nos despedimos orgullosos de lo que hemos construido y profundamente agradecidos por lo que hemos recibido.
Gracias, El Puig. Gracias por tanto cariño
Gracias por cada comida encargada. Por cada paella que os llevasteis a casa. Por cada conversación, cada sonrisa, cada gesto de apoyo. Gracias por hacer que ANAVI fuera un lugar de encuentro, de vida y de historias compartidas.
Gracias por permitir que una idea sencilla se convirtiera en un proyecto familiar que nos acompañó durante casi 25 años. Gracias por acogernos, por confiar en nosotros y por hacernos sentir parte de vuestras vidas.
Lo más bonito de todo esto es que ANAVI no desaparece. Muy pronto volverá a abrir sus puertas con nuevos propietarios, nuevas ideas y nuevas ilusiones. Y eso nos llena de alegría.
Significa que el lugar que construimos con tanto cariño seguirá vivo, seguirá dando servicio, seguirá formando parte del pueblo.
Puede que ya no estemos detrás de la barra ni en la cocina, pero nuestro espíritu seguirá allí, en cada rincón, en cada receta que inspiramos, en cada recuerdo que compartimos con vosotros.
ANAVI cambia de manos, pero no de alma. Y nosotros nos quedamos con lo más valioso: vuestro cariño y estos 25 años que jamás olvidaremos.
Con todo nuestro agradecimiento, Ana Checa y familia.


