¿Qué sentido tiene celebrar la festividad de San Jorge el 23 de abril? Cualquier acción que nos invite a recordar y reflexionar sobre nuestra personalidad histórica —entendida desde una conciencia que integra pasado, presente y futuro— nos convierte en mejores valencianos. Por el contrario, toda conmemoración que pretenda congelar el devenir histórico o negar la multiculturalidad que ha definido al pueblo valenciano a lo largo de los siglos, falsea nuestra identidad y nos impide avanzar hacia una sociedad más comprensiva, libre y democrática.

El Llibre dels Fets muestra que tanto Jaume I como sus antepasados y los guerreros que lo acompañaron en la conquista de Valencia ya veneraban a San Jorge como un guerrero sobrenatural que auxiliaba a las huestes cristianas. Sobre la conquista de Mallorca, el texto relata que “els sarraïns, primer veieren entrar a cavall un cavaller blanc amb armes blanques; i la nostra creença és que fos sant Jordi…” (cap. 84). Esta creencia, repetida en diversas batallas entre cristianos y sarracenos, se consolidó como parte del imaginario colectivo.

Tras la sorprendente victoria en la batalla de Enesa —donde las tropas de Bernat Guillem de Entença, con apenas 2.000 infantes y 200 caballeros, derrotaron a un ejército musulmán muy superior— los reyes de la Corona de Aragón y sus súbditos atribuyeron el triunfo a la intervención de San Jorge. Esta interpretación, forjada durante décadas, quedó registrada por primera vez en la Crónica de San Juan de la Peña (1369-1372), que afirma que en la contienda de El Puig “apareció Sant Jorge con muchos caballeros de paraíso que los ayudó a vencer la batalla”.
En Valencia, la festividad de San Jorge se celebraba oficialmente desde 1343 por orden de Pedro el Ceremonioso, como muestra de agradecimiento por su intervención en la batalla de El Puig, un episodio decisivo para la conquista del cap i casal. Por ello, el 21 de mayo de 1574, la Junta de Fábrica de “Murs y Valls” acordó construir una capilla en el lugar donde “hahon aparegue lo gloriós senct Jordi al invictissim rey don Jaume”. Aunque la obra se inició, no llegó a completarse.

Ya en el siglo XVIII, la comunidad y la villa del Puig levantaron una pequeña ermita donde cada 23 de abril se celebraba una solemne procesión presidida por el vicario parroquial, acompañada por vecinos y autoridades locales. En ella se portaba el estandarte privilegiado del Rat Penat y se rezaban las oraciones propias del santo. Tras la invasión francesa, la tradición cayó en desuso y la ermita quedó en estado de ruina.

En el siglo XX, debido a su importancia histórica y cultural, el Ayuntamiento de Valencia adquirió el terreno donde se encontraba la ermita y restauró el templete en 1927. Desde entonces, cada 23 de abril se celebra allí una misa en honor a San Jorge, recuperando así un espacio simbólico para la memoria colectiva valenciana.

Hoy, en pleno siglo XXI, la festividad de San Jorge nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos: del encuentro —y también del conflicto— entre dos culturas medievales y de su posterior evolución histórica. Conocer esta realidad nos dota de conciencia histórica y nos permite comprender que los valencianos somos fruto de una identidad plural y multicultural. Esta mirada nos aleja del etnocentrismo medieval y nos acerca a la construcción de una Comunidad Valenciana más abierta, más consciente de su diversidad y más fiel a su verdadera historia.

