El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur vuelve a situarse en el centro del debate político y económico. No es un asunto nuevo, pero sí uno que regresa con fuerza cada vez que se anuncian avances en las negociaciones. Este fin de semana, las protestas en distintas ciudades del país han vuelto a evidenciar un malestar que ya no es coyuntural, sino estructural. Y en El Puig, donde la agricultura forma parte del paisaje, de la economía y de la memoria colectiva, la inquietud es especialmente palpable.
Un acuerdo que despierta más dudas que certezas
Sobre el papel, el acuerdo Mercosur promete una mayor apertura comercial entre Europa y varios países latinoamericanos. Sin embargo, para los agricultores de El Puig —especialmente para los citricultores y productores de huerta— la letra pequeña genera más incertidumbres que beneficios.
La competencia con productos procedentes de países donde los estándares fitosanitarios, laborales o medioambientales no son equiparables a los europeos plantea un escenario desigual. Mientras aquí se exige un cumplimiento estricto de normativas, controles y costes de producción elevados, los productos importados podrían llegar a precios más bajos, comprometiendo la rentabilidad de explotaciones familiares que ya trabajan al límite.
No se trata de rechazar el comercio internacional, sino de exigir reciprocidad. Si Europa abre sus fronteras, debe hacerlo garantizando que todos juegan con las mismas reglas.

Las protestas: un síntoma de un cansancio profundo
Las movilizaciones de este fin de semana no fueron un estallido aislado. Fueron la expresión visible de un cansancio acumulado. Agricultores de todas las regiones —jóvenes, veteranos, pequeños productores, cooperativistas— salieron a la calle para reclamar algo tan básico como poder vivir de su trabajo.
Las pancartas hablaban de precios justos, de competencia desleal, de burocracia asfixiante, de costes que no dejan de subir. Pero también hablaban de dignidad. Detrás de cada tractor hay una historia de esfuerzo, de madrugadas en el campo, de generaciones que han mantenido viva una tradición que forma parte del ADN agrícola valenciano.
El acuerdo Mercosur fue uno de los ejes del descontento, pero no el único. Es el símbolo de una sensación más amplia: la de que el campo está quedando relegado en las grandes decisiones políticas y económicas.

El Puig: cuando lo global golpea en lo local
En El Puig, donde la citricultura y la huerta han modelado el territorio y la vida del municipio, el impacto potencial del acuerdo se percibe con especial preocupación. Los productores locales ya compiten en un mercado global saturado, donde los márgenes se estrechan y los intermediarios marcan ritmos difíciles de asumir.
La entrada masiva de cítricos y otros productos agrícolas procedentes de países con menores costes de producción podría agravar una situación ya frágil. No hablamos solo de economía: hablamos de paisaje, de cultura, de empleo, de un tejido social que se sostiene en torno al campo. Cada parcela que se abandona no es solo una pérdida económica; es un trozo de identidad que se desvanece.
Los agricultores de El Puig llevan años adaptándose, innovando, profesionalizando sus explotaciones. Pero la resiliencia tiene un límite. Y ese límite se acerca cuando las reglas del juego dejan de ser equitativas.

Europa debe escuchar: sin campo no hay futuro
El debate sobre Mercosur no puede reducirse a cifras macroeconómicas ni a discursos tecnocráticos. Debe incorporar la voz de quienes trabajan la tierra, de quienes sostienen la seguridad alimentaria, de quienes mantienen vivos los pueblos.
Europa necesita acuerdos comerciales, sí, pero no a costa de sacrificar a su propio sector primario. La reciprocidad no es un capricho: es una condición mínima para garantizar la supervivencia de miles de explotaciones familiares.

Un mensaje que nace en las calles
Las protestas de este fin de semana han enviado un mensaje claro: el campo no está dispuesto a desaparecer en silencio. Y El Puig, con su tradición agrícola y su arraigo en la huerta y los cítricos, forma parte de ese clamor colectivo.
El acuerdo Mercosur puede ser una oportunidad para algunos sectores, pero para la agricultura local —y especialmente para la citricultura— es una amenaza si no se corrigen los desequilibrios. No se trata de cerrar fronteras, sino de abrir los ojos. De entender que sin agricultores no hay territorio, no hay economía rural, no hay futuro.
El campo pide ser escuchado. Y esta vez, más que nunca, conviene que Europa preste atención.


