El 18 de julio es una buena fecha para reflexionar sobre lo que no olvidamos, tanto a nivel individual como colectivo.
Reconstruimos lo que nos ha pasado gracias a herramientas como la memoria personal o como los registros que realizamos en distintos medios físicos: notas escritas en papel o en una pantalla o símbolos dibujados o esculpidos con materiales diversos, como la cruz de Cuelgamuros.
No soy arquitecto ni ingeniero, pero sí puedo esbozar una propuesta para resignificar el símbolo fundamental de Cuelgamuros: proyectar sobre la cruz imágenes que reproduzcan el color exacto del cielo en cada momento del valle de Cuelgamuros.
El efecto sería doble:
1.Desvanecimiento simbólico: en determinados instantes, la cruz dejaría de ser visible, fundiéndose con el horizonte. Así, sin demolerla, se cuestionaría su pretensión de eternidad triunfalista —la victoria del nacionalcatolicismo— y se revelaría su condición de construcción histórica, no de destino inevitable.
2. Memoria en movimiento: las proyecciones no serían continuas sino intermitentes, convertirían la cruz en un espacio de memoria dinámica. No se trataría de borrar el pasado, sino de integrarlo en una narrativa que admita matices: la cruz estaría ahí, pero su presencia ya no sería absoluta.

Reconozco, de todos modos, que esta intervención visual no resolvería las divisiones históricas —ningún símbolo lo hace: lo simbólico separa, apuntaría Lacan—. Sé que la reconciliación simbólica genera nuevas fracturas, que el perdón no es un acto al alcance de todos y que las identidades actuales siguen alimentándose de los dolores y los muertos del pasado; pero al menos lograría dos hitos:
– Difuminar, aunque sea momentáneamente, el mito de la unidad impuesta (“que todos sean uno” Juan 17:20), que la cruz de piedra representa con su rigidez marmórea.
– Recordar que los símbolos, como la historiografía, son maleables: lo que hoy parece eterno puede ser reinterpretado.
En suma, no se puede recordar todo, no se puede registrar todo lo que nos ha pasado y hay que seleccionar los momentos más significativos que nos permitan construir un relato coherente del pasado. Lo construimos a partir de unos inicios o fechas básicas de aniversario, un nudo que marca la consolidación de un proceso y un final o desenlace que esperamos superar gracias a la memoria de seres queridos, compatriotas o herederos intelectuales. Ese “hay que seleccionar” indica que es un deber tal vez inconsciente y que el pasado puede ser maleable: lo que hoy parece indiscutible puede ser reinterpretado.
La cruz, en definitiva, puede ser, al mismo tiempo, símbolo de desgarro y de unión.
Es decir, la cruz puede simbolizar la unión de la unión y la desunión, como la crucifixión para G. W. F. Hegel, que representa la dialéctica de la completud y la escisión: tanto la aspiración a la totalidad como el desgarro humano. Resignificar la cruz de Cuelgamuros no significa borrar su pasado, sino transformarla en un espejo de nuestra capacidad para convivir con los desgarros y las contradicciones.
Hegel nos enseña que la reconciliación no se alcanza suturando superficialmente los desgarros ni cancelando los opuestos, sino comprendiendo la unidad en el conflicto. El 18 de julio es el momento para proponer que la cruz de Cuelgamuros sea un espacio donde proyectar que las Españas enfrentadas puedan verse reflejadas, al menos, a intervalos.

