¿Se podría explicar la Historia del pueblo valenciano sin la religión? Acaso, ¿la religiosidad medieval no fue uno de los mayores motores de la conquista valenciana? Sin lugar a dudas, la religión ha sido uno de los motores históricos de la Historia del reino de Valencia.
Solamente dos ejemplos nos bastan para hacernos conscientes de que sin tener en cuenta el papel de la religión no se podría explicar y comprender nuestra Historia. Me refiero, en primer lugar, a la conquista de Valencia que Jaime I impulsó y el papa Gregorio IX convirtió en cruzada. Y, en segundo lugar, a otro momento crucial que cambiará la faz histórico-cultural de nuestro territorio, como fue la expulsión de los moriscos, por motivos fundamentalmente religiosos.
Cualquier estudioso de nuestra historia cultural valenciana, a nivel mental, podrá ser ateo y negar la existencia de Dios, o agnóstico y dejar en suspenso su respuesta respecto a la existencia de la divinidad. Pero ello no le autoriza a explicar la historia del Pueblo valenciano sin tener en cuenta la religión. Y si decide hacerlo así, simplemente, cercenará nuestra identidad, nuestra historia y nos incapacitará para comprender nuestro presente (fiestas, moral, costumbres, relaciones interculturales, etc.) y poder preparar nuestro futuro de forma más ética, desde el diálogo, dentro de la sociedad civil y, por otra parte, con otras culturas.
Podemos pensar que la religiosidad de Jaime I tenía dos caras: por una parte es fe sincera y por otra parte es un medio para congregar el mayor número posible de fuerzas con las que culminar su conquista del Reino de Valencia. Más, en absoluto, podemos negarla.

La Crónica de Jaime I está llena de referencias que certifican la fe que le impulsa y la ayuda divina que cree recibir de Dios o de la Virgen María. Así, al preparar la conquista refiere que “quan Déu ens hagués concedit de prendre aquell lloc […] que els sarraïns anomenaven Enesa […] per assetjar València i, amb la voluntat de Déu, que ens ajudarà, la prendrem” (Fets 206). O, tras enterarse de la victoria en la Batalla de El Puig, se dirige “a la seu, davant Jesús Natzaré i, amb els canonges, feren cantar Te Deum laudamus” (Fets 219).
Como último ejemplo, cuando la empresa conquistadora está a punto de irse al traste por la traición de sus caballeros, Jaime I decide ir a la iglesia de El Puig de Santa María, porque está seguro de la fuerza y del respeto que impone dicho lugar religioso a sus guerreros, y promete “a Déu i a aquest altar que es de la seua Mare, que nós no passarem Terol ni el riu d’Ulldecona fins que haurem pres València” (Fets 237). Este juramento ante la Virgen de El Puig infunde el suficiente valor y fidelidad en sus caballeros para llevar a término la conquista.
De entre las ofrendas de Jaime I a la Virgen de El Puig de Santa María en agradecimiento a su patronazgo en la cruzada valenciana, el mercedario fray Felipe de Guimerán, comendador del monasterio de El Puig, en la página 124 de su Breve historia de la orden (1591), confirma que “de las muchas reliquias de santos que en varios reliquiarios tiene la bendita casa […] es singularissima y muy notable una de las espinas de la corona del Salvador”.
Y, en el siglo siguiente, el mercedario Fr. Francisco Boyl, en la página 102 de su Historia de la Virgen y monasterio del Puig (1631), amplía la información al declarar que “Don Jaime el Primero dio […] una Espina santísima de Cristo Señor nuestro, guarnecida y asentada en un hermoso relicario […]”.
Jaime I, como uno de los patronos del monasterio de El Puig, ofreció esta reliquia para que los nuevos pobladores cristianos fuesen en peregrinación al monasterio donde se custodia a la patrona de la ciudad y reino de Valencia. Las reliquias constituían un foco de atracción para los creyentes y un motivo de prestigio para los cenobios que las poseían.
Hoy aún tenemos la suerte de poder admirar y visitar esta reliquia de la Santa Espina, pues en 1935 el relicario desapareció pero la reliquia y su lipsanoteca —la pequeña cápsula donde está protegida— se conservaron gracias al mercedario Tomás Domínguez San José.
Podremos considerar auténtica o no, milagrosa o no, dicha reliquia, pero la debemos conservar y admirar porque dice algo de los ingredientes culturales que llevamos en nuestros genes. Hemos madurado y ganado conciencia histórica; por ello, seamos creyentes o no, lo que no podemos es ser tan temerarios de no saber reconocer e interpretar nuestro cuerpo cultural, del que la religión forma parte.
En las fiestas de la Virgen de El Puig, patrona de la ciudad y del reino de Valencia —es decir, de la actual Comunidad Valenciana—, el conocimiento del cambio cultural que supuso la conquista de Valencia o la expulsión de los moriscos, ambos hechos impulsados por una interpretación de la religión que llevó al fanatismo y a la incomprensión, constituyen un punto de arranque para una reflexión profunda que nos permita dominar y encauzar ese motor histórico que es la religión, construyendo una sociedad más generosa, solidaria y dialogante.
Dedico este artículo a un nuevo valenciano que lleva entre nosotros dos días, Mateo Gijón Angresola, para que siempre tengas presente que el conocimiento de las raíces culturales en las que te vas a socializar por parte de tu familia y de la comunidad humana en la que te educarás te convertirán en una persona más libre. Bienvenido a un lugar que no hemos elegido, pero que podemos elegir hacerlo mejor. Un abrazo, Mateo.

